El rincón de cocina

Con cuatro años, mis padres decidieron enviarme al kínder, un jardín infantil de Monjas franciscanas que está justo al frente de mi casa. En ese entonces no tenía hermanos, por lo tanto, deseaban que pudiera interactuar con otros niños de mi edad. Recuerdo muy buenos momentos en esas salas, dibujando, cantando y jugando como todo niño; divertidas eran las actividades y dinámicas que hacíamos todos juntos en el patio.

Un día la tía Anita —o Hermana como la llamaban los apoderados—, hizo que todos nos separáramos por sector en el salón de clases, en plan: “El rincón de”. Probablemente podías elegir entre el rincón del deporte, de costura, artes y cocina; yo sin pensarlo mucho, escogí este último. Ese día jugamos a cocinar, a preparar los platos que hacían a diario nuestros padres, después de ello cual Sombrerero en el país de la maravilla, nos sentamos a disfrutar de nuestro banquete realizado. Fue quizás uno de los días más entretenidos para mí como pequeño, Ya que guardo frescos muchos de esos recuerdos.

Como era de costumbre las madres o padres iban a jardín por nosotros, a mi madre en particular, le gustaba conversar con las tías para saber del progreso en mi aprendizaje o cómo estaba mi comportamiento en la sala. Ese día precisamente, la tía Anita le comentó que una actitud mía le había llamado mucho la atención: era el único niño en el grupo de cocina. Ante aquella escena se acercó a mí para interrogarme: —mi niño, ¿por qué eligió el rincón de la cocina?—a lo que respondí: —porque quiero cocinar porotos, igual como lo hace mi tata todos los Lunes—.

La monjita (como yo le decía), quedó sorprendida ante mi inocente respuesta. Estaba siendo presa de un prejuicio: que la cocina es algo exclusivo para la mujer, y como yo era un niño, estaba en el lugar equivocado.

En la actualidad se suele hablar mucho de la importancia que tiene la igualdad de género, de eliminar las brechas existentes en mujeres y hombres, tanto en el aspecto laboral, deportivo o educacional. Pero no esperemos que los niños crezcan para enseñarles estas cosas. Desde sus primeros años deben saber que no existen trabajos exclusivos para mujeres o para hombre. Es tarea nuestra que no adquieran los pensamientos que hemos heredado: que las pelotas de fútbol son  para los chicos y las muñecas para las chicas; Que los padres trabajan y las madres que se quedan en casa; que los hombres no lloran o las mujeres son el sexo débil.

La sociedad actual ya ha sido muy dañada por estos aspectos, pero es injusto no apreciar que algo hemos avanzado. Ya contamos con grandes líderes mujeres en el mundo, se están ganando un lugar en el empresariado, pero por otro lado, también existen hombres que se están haciendo cargo de hogares y de la crianza de sus hijos. Porque si hay algo que debemos sabes, es que antes que ser hombres o mujeres, somos humanos, y eso nos hace iguales.

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El rincón de cocina

Coquimbo

Diaguitas y Changos vivían en esta región de Chile antes de la llegada de los españoles. Según los cronistas,  su nombre viene del quechua “Qulqi Tampu” el cual decantó con el tiempo a como lo conocemos actualmente,  Coquimbo. Los Diaguitas llamaban Coquimbo a la parte baja del Valle del Elqui —lo que hoy sería La Serena— pero con la colonización, quedó como Coquimbo sólo la zona portuaria. No Existe una base fehaciente del significado del nombre, sin embargo, la cultura criolla afirma que significa “Lugar de Aguas Tranquilas”.

Nací y me crie allí, jugando en el polvoroso cerro de la parte alta; mis primeros chapuzones en la playa de la herradura; mis mejores pichangas en la pampilla; toda mi vida en el puerto. Un poco más de un mes que llevo en Santiago y llega sin previo aviso, quizás el desastre natural que más ha afectado a mi ciudad. Un fuerte sismo y posterior Tsunami. (Paradójico lo de aguas tranquilas, ¿no?)

En plena víspera de fiestas patrias, el paisaje era devastador, los botes de pesca artesanal en medio de las calles; un auto sobre otro vehículo; la gente calentándose con fogatas a ciertos metros, mientras cuidaban las pocas cosas que no se llevó el mar. El agua arrasó con todo, las señaléticas, las puertas, los quioscos, muebles, electrodomésticos, todo era parte del suelo mismo entremezclado con la arena. El bus en el que viajaba no pudo llegar a su terminal, y los pocos vecinos, Militares, y uno que otro perro me recibieron esa noche de septiembre, en el Coquimbo más triste que nunca había visto.

Es increíble ver la fuerza de las olas, la furia con que el mar puede destruir, la distancia que alcanzar y las vidas que llevarse. Es cierto que Chile es quizás uno de los países más sísmicos del mundo y estos acontecimientos sólo nos dejan una gran lección.

Durante años, terremotos han reducido a escombros las construcciones mal hechas, los maremotos se han llevado las casas de la zona costera, en consecuencia, como sociedad hemos aprendido a respetar la naturaleza, a comprender el suelo en el que vivimos. Ya no se pueden cometer los mismos errores, y con cada remezón son menos las cosas por las cuales lamentarse, porque lo que está bien hecho seguirá en pie y lo que está en buen lugar no lo alcanzarán las olas.

En nuestra vida siempre llegarán estos terremotos –y vaya que son necesarios—. Si no fuera por eso, nunca sabríamos en qué estamos mal, no sabríamos qué tan firme son los proyectos que hemos construido, no nos daríamos cuenta sobre qué base edificamos nuestras relaciones. Esos golpes de la vida no son más que una enseñanza de qué está bien o qué está mal, una demostración de lo realmente importante o lo pasajero, de lo valioso o lo vano, de lo real o lo sinsentido. Muchas veces la vida te golpeará tan fuerte como las olas, y sin mirar lo que lleve el mar, construye, construye mejor que antes.

coquimbo

Coquimbo

Gente Azul

Todo niño cuando nace es un artista. Cuando descubre los colores cuan Diego Rivera plasman su imaginación hasta en las paredes; cuando descubren el sonido, intentan a gritos dominar un DO de pecho. Desde ese momento su carrera ya ha comenzado, empiezan a crear sus primeras obras, a descubrir de a poco sus primeras técnicas, pero como dijo el ilustrador Alberto Montt: “los artistas dejan de serlo cuando dejan de pintar”. Sí, existe un momento preciso en la vida que dejar los colores y sonidos por otras cosas quizás más esenciales para esta sociedad, existe gente que su carrera de artista sólo les llega hasta el kínder.

Mi padre (pintor), siempre me motivo al dibujar, a hacer cosas manuales, a colorear y copiar las caricaturas de revistas o de la televisión.  Mi niñez la recuerdo con cientos de lápices y plasticina entre las uñas.

De pequeño tuve una profesora de esas que daban todo por sus alumnos, pero a la vez era muy estricta y disciplinaria. Conmigo solía ser amable, sin embargo, le tenía más miedo que cariño (lo sé, no se lo merecía). Me tenía como el artista de la clase –le gustaban muchos mis dibujos–, y ella lo hacía muy bien: cada vez que nos enseñaba vocablos nuevo, nos hacía lindos dibujos a tiza que se relacionaban con las letras, y de manera obligatoria, todos debían dibujarlos en sus cuadernos. Evidentemente era mi parte favorita de la clase.

Un día y más grande teníamos que colorear unos dibujos de un libro, en el que se apreciaba mucha gente (eran espacios urbanos como estaciones de tren, escuelas, teatros, etc.). Para pintar a la gente no tenía el mal denominado “lápiz color piel”, y pensé que sería creativo hacer gente con caras azules y moradas.

Casi terminando de pintar y contemplando mi “obrar” llena de colores irreales, pasa la profesora por mi puesto, (ya que iba inspeccionando uno por uno). –A ver Pablito, ¿cómo va?—tomé el libro y se lo mostré con vehemente ansiedad, esperando felicitaciones por ser “más creativo” que el común. – ¿Pero cómo pintó así a la gente?—con su voz fuerte que nunca querías escuchar,– mira a tu alrededor, ¿alguien tiene la cara morada?; ¿alguien tiene la cara azul; ¿de qué color tengo la cara?—asustando y atrapado por mi gran timidez de infancia, no dije nada, sólo la miraba con pena. Querría haberle dicho que quería ser creativo, que se me había ocurrido hacer algo nuevo y que visualmente iba quedando genial. No le dije nada, seguí mirándola desde abajo y con mis ojos quizás vidriosos. Y siguió en voz más alta: –¿Quién tiene un lápiz que le preste a pablo?, miren que pintó a gente verde–, burlonas risas  y otras algo forzadas se escucharon.

Ese día me sentí más tonto que creativo, ya no tenía ganas de comenzar de nuevo a pintar, no recuerdo qué pasó después pero me quedó grabada esa escena. El pintar derechito, el no salirse de la raya, el hacer las letra redondita son sólo estereotipos que coartan nuestra personalidad; El hacer todo correcto, el hacer todo igual, nos demuestra que  no eres más que una pieza que pulen y preparar para que en el momento necesario, seas parte de esa máquina que conocemos como sociedad.

Todos los niños nacen artistas, pero dejan de serlo cuando cambian los colores por otras cosas. Todos pudimos haber sido el próximo Picasso, la próxima Mercedes Sosa, el próximo Julio Verne, pero para eso: no dejemos de pintar, no dejemos de cantar, no dejemos de escribir.

Skeeter

Gente Azul

Pasado

En el año 1802, el astrónomo William Hershel paseaba con su hijo John por la costa inglesa, cuando éste le pregunta a su padre si creía en los fantasmas. John quedó sorprendido al escuchar que su padre –un hombre intelectual de la época—creía en este tipo espectro. Sin embargo, William no se refería a las almas en pena, ni las personas con asuntos pendientes en la tierra, más bien, a la posibilidad de ver algo que yacía ya muerto. –Mira al cielo—le dijo Hershel a su hijo, —contempla cuan estrellado y lleno de vida se ve el cielo, aunque no lo creas, muchas de esas estrellas que vez ya no existen, son solo la luz de una estrella que alguna vez vivió—. Lo que el famoso astrónomo y músico del siglo XIX quería explicarle a su hijo, era el fabuloso comportamiento de la luz.

La luz no es instantánea, como energía o materia, debe viajar por el espacio para llegar de un punto otro. Existen estrellas que están tan lejos que su luz debe viajar durante años, incluso siglos para llegar a la tierra. Muchos de estos lejanos soles ya han muerto y su luz sigue viajando por el espacio. En la tierra sólo apreciamos sus fantasmas, la esencia de lo que alguna vez fue.

La luz de la luna se demora un segundo a la velocidad de la luz en llegar a la tierra, por lo tanto, al mirarla estamos contemplado un segundo al pasado; Si observamos el sol, miraremos 8 minutos al pasado; con Neptuno, 4 horas. Imagínense cuantas son las posibilidades que tenemos al mirar las estrellas.

Willian fue el primer hombre en entender que el cielo es un retrato del Pasado, que en cada resplandor existe escondido un momento único que ya sucedió. Muchos quisieran volver el tiempo con la intención de cambiar algo de él, pero sabemos que no nunca podremos revivir un momento que ya se extinguió, sin embargo, siempre habrá un pedazo del pasado brillando para nosotros, sólo basta levantar la cabeza y mirar.

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Pasado

Don Jota

Es impresionante darse cuenta que eres capaz de recibir de quien menos lo esperas…

Ya me llevaba un buen rato sin escribir. Una combinación de cosas que hacer y buen ocio, no te regala el tiempo necesario para esto, sin embargo, bastó una cuota de buena onda hacia el blog para sentarme a escribir.

Es normal que salgan buenas anécdotas con tus amigos, pero la de este fin de semana me dejó más que un buen momento.

Como muchas personas, con mis amigos nos juntamos a ver –a mi parecer–  la decepcionante  “Pelea del Siglo”. Todo iba bien, pero entre risas y buena onda llegó el hambre al instante que los jueces le dieran la victoria a Mayweather. Habíamos comprado algo poco para picar, pensando que con eso bastaría, pero no.

La pizza siempre será la primera opción, aunque después de varios intentos telefónicos fallidos, decimos ir a buscarla nosotros mismos. Plata ya ni teníamos, no obstante, un amigo tenía la tarjeta Sodexo (beca de la alimentación), era ésta nuestra única alternativa y no perdíamos nada en intentar. Al llegar al Telepizza en el centro de la cuidad, había un cuidador de autos, habrá tenido unos sesenta años, no muy buen aspecto y que portaba la camiseta del último equipo descendido en el campeonato nacional de fútbol.

Era de esperar, nos dijeron que el sistema no funcionaba pasadas las doce de la noche. Con algo de frustración y más hambre, caminábamos  al auto cuando este hombre se nos acerca preguntándonos qué nos había pasado. Le contamos de forma breve y desinteresada nuestra mala suerte, a esto nos contestó: –Chiquillos, espérenme nomás–. Sin imaginarnos, de entre sus cosas llegó con una pizza familiar a la cual sólo le faltaba un pedazo, y volvió a decirnos: –esto es para ustedes–. Con algo de desconfianza y sorprendidos por su ofrecimiento, le agradecimos su acción, pero en primera instancia no la aceptamos, alegando a que ésta sería una noche larga y era su comida. Nos insistió diciendo que siempre le regalaban comida de ahí y los demás restoranes de la cuadra, además, no quería que nos quedáramos con las ganas. Al final la aceptamos y no terminaron las palabras de agradecimiento a Don Jota.

Es impresionante darse cuenta que eres capaz de recibir de quien menos lo esperas. Muchas veces hacemos prejuicios y determinamos el actuar de una persona según como la vemos. En ocasiones esperamos más de alguien porque posee una imagen intachable, sin embargo, nos encontramos con las actitudes más bajas que una persona podría realizar. Olvidamos que ningún humano es mejor que otro, que las diferencias y estereotipos existe, pero en esencia todos estamos hechos de lo mismo .A Jota –como dijo que lo llamáramos– no le importó quiénes éramos o cómo nos veíamos, su acto fue lleno de sinceridad y desinterés. No supimos cómo habrá pasado esa noche, pero de una u otra forma, sabemos que los buenos actos se retribuyen.

Esa pizza jamón-queso fue lejos la mejor de mucho tiempo. ¿Cuántas veces dejamos pasar oportunidades de regalar un buen momento? No hablo de grandes actos, sino de detalles que saquen sonrisas.

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Don Jota

¿Ser o Hacer?

Una de las típicas preguntas que se le hace un niño o niña, es qué quieres ser cuando grande, hasta yo hago esa pregunta por curiosidad a sus inocentes intenciones. Recuerdo perfecto lo que quería ser cuando pequeño, era ser Relojero. No tengo idea cuál fue la escena o el momento, en el  que me atrajo tanto el hecho de maniobrar con infinito cuidado esas pequeñas herramientas. Soñaba con ponerme en el ojo la característica lupa con forma de barril, reparar y crear esos mecanismos que para mí eran algo inigualable. No recuerdo cuando quise dejar de serlo.

Pero en realidad cuando pequeño no era que quisiera ser un relojero, me llamaba tanto la atención ese trabajo, que anhelaba algún día desarmar un reloj de gran valor y ver cómo funcionaba por dentro. La curiosidad típica de un niño me hacía desear hacer aquello que admiraba.

Pero Ser no es mismo que Hacer. En el colegio o la escuela, nuestras intenciones del Hacer cambian en función de lo que queremos Ser, o mejor dicho, cómo queremos Ser. Empezamos a pensar más allá, dejamos la emoción a un lado, la pasión y la vocación la dejamos muchas veces en un segundo plano. Olvidamos que estos sentimientos son los que nos hacen SER. Un médico sin pasión ni vocación, podrá operar y dar los mejores diagnósticos, pero el sentir lo que hacemos nos hacer ser lo que queremos.

Sin duda debemos dedicarnos a lo que nos apasiona, a lo que nos mueve. Debemos darnos cuenta en qué somos buenos y concentrarnos en ellos sin pensar en los millones que creemos que ganaremos. Tenemos que ser capaces de entender que trabajamos para vivir y no al revés, independientemente que pasemos 8 putas horas en una oficina, un hospital, un juzgado o una construcción. Debemos saber que el Ser va más allá del Hacer.

Recordemos lo que queríamos ser cuando chicos, en ese momento lo único que nos importaba, era hacer algo que nos hiciera felices.

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¿Ser o Hacer?

Buscar donde no hay.

Nosotros como sociedad tendemos a otorgarle mayor valor a los bienes escasos, y esto se da en todos los aspectos de la vida. En economía se estudia como la ley de oferta de demanda. Por ejemplo el aire es el ejemplo por excelencia, a nadie le hace falta – y sabiendo que  es necesario vivir—no posee un valor monetario, ni se nos ocurriría pagar por él. Por otro lado tenemos automóviles de lujo, donde gente está dispuesta a pagar gran cantidad de dinero para obtener el  apreciado modelo que alimentará su vanidad.

Pero a qué voy con esto, no pretendo hablar de bienes de consumo, dije al comienzo que la ley de oferta y demanda se da en todo origen de cosas. Vivimos día a día sin valorar lo que nuestro entorno nos entrega, vivimos día a día sin comprender el gran valor que tienes esos pequeños detalles que no apreciamos del todo. Nos dejamos llevar por esta que ley que al fin y al cabo es injusta para quienes nos rodean.

Daré un ejemplo con el “afecto y preocupación” hacia nosotros  como individuos. Nuestra familia, y la gente más próxima a nuestro circulo, de forma incondicional nos estará apoyando si lo necesitamos, son aquellos los que más nos conoces y darían todo por vernos felices. Sin embargo, la inexistente escasez de ese bien hace que le asignemos menor valor, o importancia emocional a  la preocupación que mostrara una persona externa, por la única razón que ha estado contigo en menos ocasiones.

Si valoráramos más los bienes abundantes que poseemos en nuestra vida, todo sería distinto. Podríamos disfrutar mejor de cada instante con nuestra gente, nuestros amigos de toda la vida, con nuestra familia. Muchas veces buscamos en otros lados lo que ya tenemos a la mano, buscamos donde no lo hay y nos engañamos con bienes complementarios, teniendo todo para ser felices con nosotros mismos.

A fin de cuentas,  el aire por el momento es el bien menos escaso para las personas, pero aun así, es el que nos mantiene vivos.

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Buscar donde no hay.